Martes 09 de Junio de 2026
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La despedida del Indio Solari: una fila interminable que sólo puede dejar de llorar cuando se pone a cantar
Nacionales
7/6/2026
ADIÓS

La despedida del Indio Solari: una fila interminable que sólo puede dejar de llorar cuando se pone a cantar

Telas negras, una pantalla con su nombre y un cajón que vuelve irrefutable la ausencia del ídolo forman parte del escenario principal del velorio en Villa Domínico. Afuera, la cola cruza Sarandí y nadie sabe hasta dónde crecerá. La música sostiene lo que se rompe

Hay una forma de la alegría que sólo ocurre en el pogo que salta y corea el saxo de “Ya nadie va a escuchar tu remera”. Y hay una forma de la tristeza que les pertenece únicamente a las tres cuadras que vienen justo después de salir del Polideportivo José María Gatica, en donde este domingo descansa el cuerpo del Indio Solari.

El hombre más convocante de la música argentina falleció el pasado viernes 5 de junio a los 77 años. Detrás de él queda el mito; delante de su ataúd, la certeza de una muerte que ha sumido al país en más de 48 horas de un dolor profundo y sin anestesia.

El altar de la "misa" final

Lo que ocurre dentro del polideportivo municipal, transformado en una capilla ardiente definida como una cuestión de Estado, es la confirmación del vacío. Un cajón brilloso domina la escena bajo telas negras que cuelgan del techo. En lo alto, una pantalla digital intercala su nombre, algunos de los dibujos digitales que Solari creaba en su intimidad y una leyenda rotunda: “Indio (1949 - ∞)”.

A los pies del féretro, una alfombra densa de remeras, banderas y flores arrojadas por los fieles envuelve el lugar. Allí dentro, el llanto colectivo se vuelve ruidoso e inevitable. Cada tanto, un grito quebrado de “Gracias, Indio” o “Te amo, Indio” desata réplicas de emoción con hipo y moco entre los presentes.

“Lo voy a recordar siempre”, alcanzó a decir Gaspar Benegas, guitarrista y cantante de Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, visiblemente quebrado al hablar de su compañero y guía.

Una fila entre la biografía y la geografía

Para llegar al altar popular, la marea humana compone una fila prolija y kilométrica que atraviesa Villa Domínico y se pierde en Sarandí. Custodiados por un operativo de Defensa Civil, bomberos y el Ministerio de Salud bonaerense para evitar amontonamientos peligrosos, los fanáticos aguardan su turno rodeados de puestos de choripanes, banderas, cerveza y parlantes.

Transitar esa fila es viajar por la discografía de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota; para los miles allí reunidos, ese viaje es también su propia biografía. Cuando suenan “Mariposa Pontiac” o “Nueva Roma”, la multitud canta con fuerza resistiendo el dolor; cuando suena “Gualicho”, el volumen baja y la pena sube.

El dolor no sabe de distancias. Dalila (53 años) viajó de urgencia desde Santa Rosa, La Pampa, junto a su hijo Lautaro. Con la garganta anudada, relata que crió a su hijo escuchando a la banda todos los sábados desde las seis de la mañana. “Nadie dijo como Solari lo que yo sentía”, confiesa. Unos metros atrás, Juan Martín (32 años) espera tras haber manejado desde Paso de los Libres, Corrientes: “El Indio se merece que seamos muchos. Así eran sus recitales, estallados. Así tiene que ser su adiós”.

Vidas unidas por una banda

Para muchos, la partida del frontman no es sólo la pérdida de un artista, sino el cierre de un capítulo vital. Gabriela y Marcos, hoy radicados en Catamarca, se conocieron en 1999 a pocas cuadras del Patinódromo de Mar del Plata, en la previa de un show de Los Redondos. Llevan casi tres décadas juntos y tienen tres hijos.

“A los Redondos les debo lo más importante que tengo: mi familia. Amo sus canciones, pero me cambiaron la vida de una manera que va más allá de la música: me dieron un amor y a mis hijos”, explica Marcos, mientras Gabriela muestra en su celular la foto de su hijo mayor vistiendo una remera de Oktubre.

El último verso

Al salir del polideportivo, el panorama se transforma en un caminar lento. Hay cuerpos sentados contra el vallado, caras escondidas entre las rodillas para llorar en silencio y miradas perdidas de una generación que ve pasar su vida en rutas, estadios y discos.

En Porco Rex, su segundo álbum solista, Solari grabó una línea que hoy cobra fuerza de axioma: “Hay que estar muy sonado para olvidarte”. Este domingo gris, marcado por una tristeza masiva que sólo se mitiga con sus propias canciones, alguien se encargó de dejar esa frase pintada con aerosol en una pared cercana, como un pacto de inmortalidad.

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Conducción: Maria M. Vazquez